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Cardenal resalta labor de Francisco J. Arnaiz
Jueves, 11.03.2010, 09:27am (GMT)

Santo Domingo.- Un grupo de antiguos alumnos y amigos de Mons. Francisco José Arnáiz, S.J., nos han invitado hoy para que demos gracias al Señor por su larga, fecunda y brillante trayectoria de vida, precisamente el 9 de marzo de 2010 en que celebramos su 85º cumpleaños.

Estoy seguro que todos venimos muy gustosos a participar en esta Eucaristía, la mejor expresión de gratitud de nuestra fe católica.

1.- a) Nuestra celebración coincide con el martes de la tercera semana de Cuaresma.

Hemos escuchado un párrafo del capítulo tercero del profeta Daniel. Aunque se habla del rey Nabucodonosor de Babilonia, los biblistas concuerdan en que este libro se escribe en tiempos del impío rey Antíoco IV Epífanes, quien mandó erigir una estatua enorme del dios Zeus, el principal del panteón, en el templo de Jerusalén para obligar a los judíos a rendirle culto.

El texto leído es parte de la oración penitencial de Azarías, inspirada en los salmos penitenciales, en que se toma conciencia del propio pecado y del merecido castigo.

Es la actitud de la humilde comunidad judía oprimida por los griegos. Ésta interpreta su desdicha a la luz de sus culpas, pero alimenta su esperanza con el recuerdo de la historia salvadora, con la fe en el Dios de los padres.

La privación del culto externo en el santuario profanado hace brotar el culto interno, el que lleva a Dios aún sin aquél, “por eso acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros… que éste sea hoy nuestro sacrificio”.

b) El evangelio que se nos ha proclamado, del capítulo 18, versos 21-35 de San Mateo, trata del tema del perdón.

Pedro pregunta a Jesús, “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarle? ¿Hasta siete veces? Le contestó Jesús: – No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

Sabemos que el perdón es un tema recurrente en la enseñanza de Jesús y en sus frecuentes encuentros con los pecadores a quienes acogía benévolamente.

Conviene recordar que en todo Oriente la venganza era una ley sagrada, así como el perdón era considerado humillante. La contrapartida del principio pagano de la venganza sin límite es el principio enunciado por Jesús del perdón ilimitado, de ahí la absoluta originalidad de la enseñanza y práctica del mismo Jesús.

El Señor viene a decir en esta lectura que en la comunidad debe reinar la paz, sea porque no hay ofensa, sea porque se busca la reconciliación.

Si un miembro de la comunidad cristiana se niega a reconciliarse será como un extraño a la comunidad y los responsables tienen derecho a excluirlo mientras permanezca esa actitud.

La referencia al perdón y a la reconciliación se completa con una instrucción sobre la oración comunitaria.

La comunidad orante es un lugar privilegiado de la presencia de Jesús siempre que se den las condiciones y actitudes que Él señaló en la oración del Padrenuestro.

Como puede verse, los temas de estas lecturas bíblicas hoy proclamadas son muy apropiados para el santo tiempo de la Cuaresma, por eso preferí dejarlas en el contexto de nuestra celebración de hoy.

2.- Después de esta introducción litúrgica, volvamos al motivo de nuestra Eucaristía de hoy. Decía al comenzar que participamos en esta celebración muchas personas que realmente queremos a Mons. Arnáiz y reconocemos su inmensa labor en la República Dominicana a lo largo de cincuenta años. Conviene recordar que llegó al país en el delicado momento de la transición de la brutal dictadura de Trujillo a la democracia. De inmediato se dedicó a ofrecer sus consejos y orientaciones al nuevo liderazgo dominicano.

Su vida entre nosotros le ha permitido darse a conocer con admirable versatilidad en muy diversas funciones y responsabilidades ejercidas todas con aguda inteligencia, sencillez y fidelidad.

En Mons. Arnáiz encontramos al Jesuíta de rigurosa formación al antiguo estilo ignaciano; al profundo conocedor de la doctrina social de la Iglesia cuya difusión fue una de las primeras tareas que desempeñó junto a otros jesuítas; al querido y respetado Rector de nuestro Seminario Pontificio, que contribuyó a formar un significativo número de sacerdotes, pero debe decirse también que del Seminario han salido grandes hombres y muy buenos ciudadanos que, habiendo iniciado sus estudios en él, se dieron cuenta de que el camino que el Señor les indicaba era otro. Mons. Arnáiz oportunamente los orientaba para que tomasen la decisión más correcta, así se explica que tantos de ellos le conserven un gran respeto, cariño y gratitud, como se está demostrando en la organización de este homenaje.

En su persona vemos al leal amigo y colaborador del recordado Cardenal Octavio Antonio Beras Rojas, a quien acompañó en todos sus viajes a Roma desde los tiempos del Concilio Vaticano II y luego a los Sínodos, Consistorios y en los Cónclaves del año 1978. También al eficiente Secretario General de la Conferencia del Episcopado Dominicano por largos años, puede decirse que es hoy su memoria viviente; al Presidente del Departamento de Vida Consagrada del CELAM, organismo al que siempre sirvió con entera disponibilidad.

Además, en él tenemos al autor prolífico de numerosas obras que han enriquecido la bibliografía dominicana; a mi entrañable amigo y hermano en el Episcopado, que tuvo el privilegio de ser ordenado Obispo junto al actual Arzobispo de Santiago de los Caballeros por el hoy Siervo de Dios Juan Pablo II el día 6 de enero de 1989 y a ellos dos no dudé en pedirlos al mismo Santo Padre como Obispos Auxiliares cuando los necesité, y hoy debo reconocer que, gracias a ellos y a los actuales Obispos Auxiliares Mons. Amancio Escapa y Mons. Pablo Cedano, he contado durante mi Episcopado en Santo Domingo con excelentes amigos y eficientes colaboradores.

No puedo dejar de mencionar aquí el invaluable esfuerzo de Mons. Arnáiz junto al Ilustrísimo Mons. Agripino Núñez Collado en la paciente labor de mediación en múltiples diálogos, conflictos y todo género de problemas que con frecuencia se escenifican en el ámbito nacional; al perseverante y fiel columnista por largos años del periódico Listín Diario, cuyos artículos son muy esperados todos los sábados por sus amigos lectores; al intelectual y elocuente orador que ha deleitado con sus enjundiosas intervenciones, discursos y conferencias a los más diversos auditorios del país y del exterior.

Muchas otras grandes cualidades y aportaciones pueden mencionarse de nuestro querido homenajeado, pero estoy seguro que muchas personas no me excusarían si dejara de referirme a él como el caballeroso amigo, consejero, confesor, al erudito contertulio, al buen conversador, capaz de abordar muy diversos temas de la dinámica agenda del acontecer dominicano, del campo de sus estudios teológicos, de su reconocida competencia sobre los Ejercicios Espirituales de su fundador San Ignacio de Loyola; sobre historia y literatura dominicana, particularmente la referida al período colonial.

Estamos, pues, ante un hombre cuya vida ha sido una verdadera bendición del Señor para nosotros y un monumento de dignidad, sencillez, sabiduría y bondad.

Ante la respetable altura de sus 85 años quiero decir hoy a Mons. Arnáiz gracias de corazón porque habiendo nacido en España supiste trasplantarte en la República Dominicana, quedarte aquí, enseñarnos tanto, hacerte uno de nosotros, y ofrecernos el luminoso ejemplo de un auténtico jesuíta cuyo recuerdo quedará cincelado en la memoria de cuantos hemos tenido el privilegio de tratarte, conocerte y apreciar tus muchas cualidades y virtudes.

Esta Eucaristía es el mejor testimonio de nuestra imperecedera gratitud, pedimos al Señor que derrame sobre tí copiosas gracias, salud y bendiciones.

Todos queremos expresarte nuestra felicitación y agradecimiento con un cálido abrazo de hermanos y amigos.

República Dominicana hoy, aquí, en nuestra venerable Catedral Primada de América se une a nosotros, sin distinciones ni diferencias de sus hijos, para confundirnos todos en un solo abrazo en torno a tí, a quien reconocemos como al sacerdote, Obispo, amigo y hermano.

Al concluir mis palabras quiero pedir al Señor que nos dé la gracia de la constancia que siempre ha caracterizado la vida de Mons.

Arnáiz.

Y ciertamente que en una ocasión tan privilegiada como ésta, no puede faltar una referencia a los sacerdotes en el año dedicado a ellos. Como acabo de señalar, Mons. Arnáiz, además de haber formado a muchos sacerdotes, ha vivido con esmero su propia vocación y hoy, cargado de años y de méritos, se presenta ante nosotros con el corazón lleno de satisfacción para decirnos a todos que nuestra vocación es noble y hermosa, y merece la pena vivirla, que procuremos descubrir el secreto de su belleza en una vida de profunda intimidad con Jesucristo que nos ha llamado y nos invita a ser fieles cada día a la gracia inmerecida con que Él nos ha distinguido y hoy nos urge a vivirla con alegría.


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