Santo Domingo.- Un grupo de antiguos alumnos y
amigos de Mons. Francisco José Arnáiz, S.J., nos han invitado hoy para
que demos gracias al Señor por su larga, fecunda y brillante trayectoria
de vida, precisamente el 9 de marzo de 2010 en que celebramos su 85º
cumpleaños.
Estoy seguro que todos venimos muy gustosos a
participar en esta Eucaristía, la mejor expresión de gratitud de nuestra
fe católica.
1.- a) Nuestra celebración coincide con el martes de
la tercera semana de Cuaresma.
Hemos escuchado un párrafo del
capítulo tercero del profeta Daniel. Aunque se habla del rey
Nabucodonosor de Babilonia, los biblistas concuerdan en que este libro
se escribe en tiempos del impío rey Antíoco IV Epífanes, quien mandó
erigir una estatua enorme del dios Zeus, el principal del panteón, en el
templo de Jerusalén para obligar a los judíos a rendirle culto.
El
texto leído es parte de la oración penitencial de Azarías, inspirada en
los salmos penitenciales, en que se toma conciencia del propio pecado y
del merecido castigo.
Es la actitud de la humilde comunidad judía
oprimida por los griegos. Ésta interpreta su desdicha a la luz de sus
culpas, pero alimenta su esperanza con el recuerdo de la historia
salvadora, con la fe en el Dios de los padres.
La privación del
culto externo en el santuario profanado hace brotar el culto interno, el
que lleva a Dios aún sin aquél, “por eso acepta nuestro corazón
contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y
toros… que éste sea hoy nuestro sacrificio”.
b) El evangelio que
se nos ha proclamado, del capítulo 18, versos 21-35 de San Mateo, trata
del tema del perdón.
Pedro pregunta a Jesús, “Señor, si mi hermano
me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarle? ¿Hasta siete veces? Le
contestó Jesús: – No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces
siete”.
Sabemos que el perdón es un tema recurrente en la
enseñanza de Jesús y en sus frecuentes encuentros con los pecadores a
quienes acogía benévolamente.
Conviene recordar que en todo
Oriente la venganza era una ley sagrada, así como el perdón era
considerado humillante. La contrapartida del principio pagano de la
venganza sin límite es el principio enunciado por Jesús del perdón
ilimitado, de ahí la absoluta originalidad de la enseñanza y práctica
del mismo Jesús.
El Señor viene a decir en esta lectura que en la
comunidad debe reinar la paz, sea porque no hay ofensa, sea porque se
busca la reconciliación.
Si un miembro de la comunidad cristiana
se niega a reconciliarse será como un extraño a la comunidad y los
responsables tienen derecho a excluirlo mientras permanezca esa actitud.
La
referencia al perdón y a la reconciliación se completa con una
instrucción sobre la oración comunitaria.
La comunidad orante es
un lugar privilegiado de la presencia de Jesús siempre que se den las
condiciones y actitudes que Él señaló en la oración del Padrenuestro.
Como
puede verse, los temas de estas lecturas bíblicas hoy proclamadas son
muy apropiados para el santo tiempo de la Cuaresma, por eso preferí
dejarlas en el contexto de nuestra celebración de hoy.
2.- Después
de esta introducción litúrgica, volvamos al motivo de nuestra
Eucaristía de hoy. Decía al comenzar que participamos en esta
celebración muchas personas que realmente queremos a Mons. Arnáiz y
reconocemos su inmensa labor en la República Dominicana a lo largo de
cincuenta años. Conviene recordar que llegó al país en el delicado
momento de la transición de la brutal dictadura de Trujillo a la
democracia. De inmediato se dedicó a ofrecer sus consejos y
orientaciones al nuevo liderazgo dominicano.
Su vida entre
nosotros le ha permitido darse a conocer con admirable versatilidad en
muy diversas funciones y responsabilidades ejercidas todas con aguda
inteligencia, sencillez y fidelidad.
En Mons. Arnáiz encontramos
al Jesuíta de rigurosa formación al antiguo estilo ignaciano; al
profundo conocedor de la doctrina social de la Iglesia cuya difusión fue
una de las primeras tareas que desempeñó junto a otros jesuítas; al
querido y respetado Rector de nuestro Seminario Pontificio, que
contribuyó a formar un significativo número de sacerdotes, pero debe
decirse también que del Seminario han salido grandes hombres y muy
buenos ciudadanos que, habiendo iniciado sus estudios en él, se dieron
cuenta de que el camino que el Señor les indicaba era otro. Mons. Arnáiz
oportunamente los orientaba para que tomasen la decisión más correcta,
así se explica que tantos de ellos le conserven un gran respeto, cariño y
gratitud, como se está demostrando en la organización de este homenaje.
En
su persona vemos al leal amigo y colaborador del recordado Cardenal
Octavio Antonio Beras Rojas, a quien acompañó en todos sus viajes a Roma
desde los tiempos del Concilio Vaticano II y luego a los Sínodos,
Consistorios y en los Cónclaves del año 1978. También al eficiente
Secretario General de la Conferencia del Episcopado Dominicano por
largos años, puede decirse que es hoy su memoria viviente; al Presidente
del Departamento de Vida Consagrada del CELAM, organismo al que siempre
sirvió con entera disponibilidad.
Además, en él tenemos al autor
prolífico de numerosas obras que han enriquecido la bibliografía
dominicana; a mi entrañable amigo y hermano en el Episcopado, que tuvo
el privilegio de ser ordenado Obispo junto al actual Arzobispo de
Santiago de los Caballeros por el hoy Siervo de Dios Juan Pablo II el
día 6 de enero de 1989 y a ellos dos no dudé en pedirlos al mismo Santo
Padre como Obispos Auxiliares cuando los necesité, y hoy debo reconocer
que, gracias a ellos y a los actuales Obispos Auxiliares Mons. Amancio
Escapa y Mons. Pablo Cedano, he contado durante mi Episcopado en Santo
Domingo con excelentes amigos y eficientes colaboradores.
No puedo
dejar de mencionar aquí el invaluable esfuerzo de Mons. Arnáiz junto al
Ilustrísimo Mons. Agripino Núñez Collado en la paciente labor de
mediación en múltiples diálogos, conflictos y todo género de problemas
que con frecuencia se escenifican en el ámbito nacional; al perseverante
y fiel columnista por largos años del periódico Listín Diario, cuyos
artículos son muy esperados todos los sábados por sus amigos lectores;
al intelectual y elocuente orador que ha deleitado con sus enjundiosas
intervenciones, discursos y conferencias a los más diversos auditorios
del país y del exterior.
Muchas otras grandes cualidades y
aportaciones pueden mencionarse de nuestro querido homenajeado, pero
estoy seguro que muchas personas no me excusarían si dejara de referirme
a él como el caballeroso amigo, consejero, confesor, al erudito
contertulio, al buen conversador, capaz de abordar muy diversos temas de
la dinámica agenda del acontecer dominicano, del campo de sus estudios
teológicos, de su reconocida competencia sobre los Ejercicios
Espirituales de su fundador San Ignacio de Loyola; sobre historia y
literatura dominicana, particularmente la referida al período colonial.
Estamos,
pues, ante un hombre cuya vida ha sido una verdadera bendición del
Señor para nosotros y un monumento de dignidad, sencillez, sabiduría y
bondad.
Ante la respetable altura de sus 85 años quiero decir hoy a
Mons. Arnáiz gracias de corazón porque habiendo nacido en España
supiste trasplantarte en la República Dominicana, quedarte aquí,
enseñarnos tanto, hacerte uno de nosotros, y ofrecernos el luminoso
ejemplo de un auténtico jesuíta cuyo recuerdo quedará cincelado en la
memoria de cuantos hemos tenido el privilegio de tratarte, conocerte y
apreciar tus muchas cualidades y virtudes.
Esta Eucaristía es el
mejor testimonio de nuestra imperecedera gratitud, pedimos al Señor que
derrame sobre tí copiosas gracias, salud y bendiciones.
Todos
queremos expresarte nuestra felicitación y agradecimiento con un cálido
abrazo de hermanos y amigos.
República Dominicana hoy, aquí, en
nuestra venerable Catedral Primada de América se une a nosotros, sin
distinciones ni diferencias de sus hijos, para confundirnos todos en un
solo abrazo en torno a tí, a quien reconocemos como al sacerdote,
Obispo, amigo y hermano.
Al concluir mis palabras quiero pedir al
Señor que nos dé la gracia de la constancia que siempre ha caracterizado
la vida de Mons.
Arnáiz.
Y ciertamente que en una ocasión
tan privilegiada como ésta, no puede faltar una referencia a los
sacerdotes en el año dedicado a ellos. Como acabo de señalar, Mons.
Arnáiz, además de haber formado a muchos sacerdotes, ha vivido con
esmero su propia vocación y hoy, cargado de años y de méritos, se
presenta ante nosotros con el corazón lleno de satisfacción para
decirnos a todos que nuestra vocación es noble y hermosa, y merece la
pena vivirla, que procuremos descubrir el secreto de su belleza en una
vida de profunda intimidad con Jesucristo que nos ha llamado y nos
invita a ser fieles cada día a la gracia inmerecida con que Él nos ha
distinguido y hoy nos urge a vivirla con alegría.