Duda, negativa, incertidumbre Mundos íntimos. La primera vez que tuve intimidad sexual con un chico, me di cuenta que no quería. Pero ya era demasiado tarde

Manuela Martínez

Estoy sentada en la cucheta de abajo, el colchón es blando y finito y está lleno de arena. Espero acá mientras hace pis para no cruzarme a sus papás. De la cama de arriba cuelga un atrapasueños y en la pared de enfrente hay un graffiti que dice “otro día más en la tierra”, un estante con juegos de mesa, un póster del Che, un trofeo de plástico que ganó jugando al bowling y un portarretratos con una foto junto a su hermano, el dueño de la cama de arriba. Tiene la piel más bronceada, el pelo más rubio y los brazos más anchos. Me gusta más. Este es el primer verano que no viene, cumplió diecisiete y se fue en carpa al sur con los amigos.

Verano. Manuela Martínez estaba feliz en sus vacaciones. Algo lo enturbió.

Verano. Manuela Martínez estaba feliz en sus vacaciones. Algo lo enturbió.

Casi no me queda batería en el teléfono. Él entra, se sienta al lado mío y me besa el cuello. Desabrocha la riñonera de lana que trajo de Bolivia y tiene atada a la cintura, saca una caja de forros y la apoya sobre la mesa de luz. Leo: Prime sabor chocolate. Vuelve a besarme y dice no vamos a hacer nada que no quieras. Después agarra mi mano y la arrastra hasta su entrepierna para que lo toque por encima del jean.

No quiero estar acá, pero insistió tanto que no me animé a rechazarlo. Me llevó a ver las estrellas a un lugar secreto al que va desde chico y cuando le pedí que me llevase a lo de Juli, la casa de mi amiga en la que estoy parando, me convenció de que lo acompañase a hacer pis. Dijo que su casa estaba de paso.

Esta es la segunda vez que me da un beso. La primera fue hace unos meses, en la fiesta de quince de otra chica del colegio, más grande que nosotros. Me había puesto un vestido negro que tenía un moño a la altura de las tetas y me hacía sentir fina y sexy al mismo tiempo. Mis amigos y yo caminábamos en zig zag a propósito, tomábamos vodka y aprovechábamos cada minuto lejos de nuestros padres para hacer cosas prohibidas. Él me prestó su saco y me besó en un sillón mientras los demás corrían por la pista descalzos juntando restos de cotillón fluorescente. Al otro día, en el colegio, me saludó de lejos y a la noche me mandó una canción por chat: “Fake plastic trees”, de Radiohead. Después vino el verano y cuando, en enero, mi compañera de banco me invitó unos días a la casa de su familia en La Pedrera, no dudé en decirle que sí.

Joven. Las primeras posibilidades sexuales nos encuentran frágiles

Joven. Las primeras posibilidades sexuales nos encuentran frágiles

Son varios los padres de mi colegio que tienen casa por acá y se nota, entre mis amigos, que hay una especie de hermandad distinta. Son los que comparten las clases y también el verano, la playa, el tiempo muerto de las vacaciones, los juegos de mesa. Yo siempre quise ser parte, una más de la manada, que llegue marzo y volver a clases con la piel bronceada, hacer chistes que los demás no entiendan con los que se sientan al fondo, sumarme al coro de “lo que pasó en La Pedrera queda en La Pedrera”.

Viajé con la malla puesta. El papá de Juli me fue a buscar a la terminal. Dejé mi bolso sobre un sillón, grité ¡no puedo creer que tengas una hamaca paraguaya! y nos fuimos directo a la playa para encontrarnos con los demás. Había chicos y chicas de nuestro año con sus hermanos más grandes. Él nos mostró su tabla de surf pero no la usó. Jugamos a las cartas pero se volaban. A otro de los chicos lo picó un agua viva y se escondió entre los médanos para hacerse pis en la pierna y que se le pase el ardor. Comimos choclo y tomamos sol mientras los varones jugaban al fútbol.

A la noche fuimos a un bar y me pedí una caipirinha. Sentí el calor del alcohol en el cuerpo a la altura de los cachetes. Él se sentó al lado mío pero no me habló en toda la noche. Recién cuando nos echaron del bar y nos propusimos seguir la fiesta en la playa caminó conmigo y me preguntó qué tal mis vacaciones. Hasta cuándo me quedaba, si me iba a otro lado con mis papás, si me había llevado alguna materia. Él tenía que rendir dos: química y biología. Le saqué la botella de cerveza de la mano y tomé del pico. Me pareció un asco, pero tomé igual. Se volcó y me limpié con el dorso de la mano. Él me miró los labios y yo me reí. Se acercó pero giré la cabeza, como si no me diera cuenta de que estaba intentando besarme, y descubrí que los amigos que venían detrás de nosotros ya no estaban.

—¿Y los chicos?— pregunté.

Levantó los hombros, sonrió y ahora sí me dio un beso. La calle era de tierra y estaba a oscuras. Se escuchaba, de lejos, el ruido del mar y también la música de la zona de los bares. Había olor al polvo de la tierra, a frituras y a pescado. Envolvió mi cintura con su brazo y me empujó contra la pared. Creo que nos están haciendo un favor, dijo. Pará, boludo, quiero ir con Juli, dije yo, y, mientras hablaba, respondí su beso en un intento de ser cordial.

Tiró de mi mano para llevarme a un sector escondido de la playa. Apoyó sus rulos en la arena y se acostó a ver las estrellas. Se veían más grandes y más brillantes que en cualquier otra parte. Intentó acordarse de la canción que habían inventado las hermanas de la chica de la fiesta quince, cambiando la letra de “Rock DJ” y me pidió que la cantase con él. Yo me hice la que no me la acordaba, aunque en realidad solo me da vergüenza pifiarle en los agudos. Después me contó que él ya había hecho el amor y que estaba re bueno. Así, de la nada, interrumpió y dijo: yo ya hice el amor, está re bueno. ¿Hacer el amor? ¿quién habla así? pensé. Mis amigas decían coger, estar, garchar, rocknrollear, pero él era hippie e intentaba hacerse el romántico. Me dio un beso y me invitó a su casa, pero le contesté que yo todavía no había hecho nada y que creía que no estaba lista.

—¿A qué le tenés miedo? —preguntó. A que sangre, a que duela, a hacerlo mal. Pero no me animé a decir eso. Levanté los hombros y dije: no sé, no quiero. Me transpiraban las manos. Repasé mentalmente cómo era que se ponía un forro, me acordé de la chica con remera azul eléctrico tipo institucional parada frente al pizarrón del aula, sostenía un preservativo desde el capuchón y lo estiraba hacia abajo sobre una banana, hacía hincapié en que era importante no abrirlo con los dientes, no importa el apuro, decía, con los dientes nunca.

Hacía tiempo soñaba con estar de noche en la playa con un chico que me besara y me levantara la pollera y me dijera que soy hermosa. Pero ese chico no era él. La arena era dura y estábamos sobre un médano empinado e incómodo, mis amigos estaban lejos y prefería estar con ellos, bailar sin música y tirar la cabeza hacia atrás para que Juli me hiciera una trenza cocida. Él dijo que su ex novia casi no sangró. Que gritaba pero que era placer. Que desnudarse con otro es hermoso. Que a todo el mundo le gusta. Que no quería lastimarme.

—Siempre hay una primera vez.

—¿Y?

—Y que en algún momento te vas a tener que animar.

—Bueno, pero hoy no.

—No entiendo por qué te negás tanto, si está buenísimo.

Me levanté. Traté de deducir en qué parte de la playa estábamos, para dónde era la zona de los bares, para dónde lo de los papás de Juli. Repasé mentalmente el camino que hicimos cuando me buscaron por la terminal. Me acordé del Peugeot azul lleno de tierra, el supermercado en la esquina, una calle llena de árboles, cercas verdes, fachada roja, tres perros esperándonos en la puerta. Los granos de arena volaban y chocaban contra nuestros cuerpos. El pelo también. Todo volaba y se nos metía en los ojos. Sacudí su buzo, que venía usando de almohada, y se lo devolví. Tenía olor a cigarrillo.

—Tengo frío, dale —dije—, ¿me decís cómo voy a lo de Juli?

—Sí, obvio, te acompaño. Pero, ¿me bancás que paso por casa y hago pis? Es de camino.

Ahora baja el cierre de su pantalón, pone su mano sobre la mía y me enseña a tocarlo. Al principio me da un poco de impresión, pero después pienso que es solo piel, que tiene muchos pelos y que no quiero lastimarlo. Más rápido, más despacio, más fuerte, más suave. Intento hacer lo que me dice pero me cuesta sostener la atención en tantas cosas al mismo tiempo. Con la mano derecha lo toco y con la izquierda le hago caricias en el pelo. Meto panza. Él me besa el cuello. El atrapasueños cuelga de la cama de arriba y se balancea, hamacándose al ritmo de nuestros movimientos.

—¿Sos zurda?

—No.

—Entonces chupámela—. Apoya su mano sobre mi cabeza y empuja hacia abajo. Le digo ya está, dale, vamos, pero me pide por favor y yo tengo catorce años y que un varón guste de mí me parece un acto milagroso. Respiro por la nariz para no tener arcadas como me dijo mi amiga Olivia.

Hay olor a humedad. Él dice que mis tetas son hermosas. Desabrocha los botones de la camisa que me prestó Juli y hunde la cabeza en el escote, me levanta la pollera y me saca la bombacha, la tira al suelo. Es una blanca y celeste que dice “friday”. Digo que tengo frío pero en realidad solo quiero taparme, y entonces deshago la cama y me meto entre sus sábanas de dinosaurios. Apenas me muevo, todas las maderas de esta casa crujen. Tranquila, dice, a todas les gusta, ¿ves?, y me toca, ¿no te gusta?, y en realidad no siento nada pero quiero ser como las otras y entonces digo que sí.

El brazo me pesa, tener sexo es agotador. Lo toco un poco más y suelto la mano, pero él me pide que no pare, dice que le falta poco. No entiendo a qué se refiere pero igual sigo hasta que mis dedos se manchan con un líquido blanco y gelatinoso y él pone su mano sobre la mía frenando el movimiento de a poco. Soy la tercera en mi grupo de amigas que hace una paja, pero ninguna me avisó que esto iba a pasar. Me siento una estúpida. Él es flaco, se le marcan las costillas, el líquido es espeso y se le pegotea con los pelos que nacen en el ombligo. No siento nada distinto en el cuerpo, solo tengo sueño y ganas de estar con mis amigas. Pienso que el sexo no es algo grave ni espectacular, pero estoy segura de que soy malísima. Él se levanta y sale, de nuevo al baño. No se da vuelta a mirarme, solo gira, apenas, para cerrar la puerta detrás suyo. En la espalda, a la altura del omóplato, tiene un tatuaje hecho con lapicera bic azul, parece un mandala.

Intento vestirme sin tocar nada con esa mano. Me la llevo a la nariz y el olor me da náuseas. Cuando vuelve es mi turno, y entonces camino por el pasillo, entro al baño, abro la canilla y me lavo las manos, pero sobre todo me miro en el espejo. Estoy sucia y despeinada. El espejo está sucio también. Me siento más grande, más adulta, pienso que crecer es como desbloquear niveles de un juego de arcade tipo Wonderboy o Mario Bros. Terminar la primaria, chapar, llevarse materias, emborracharse, tomarse el colectivo sola, ponerse de novia, coger, irse de viaje de egresados, empezar la facultad. Con el tiempo esa idea va a ir mutando: el crecimiento ya no va a tener que ver con quemar o superar etapas, sino con atravesar distintas formas y umbrales de dolor.

Desde la ventana se ve el mar. Está amaneciendo. Sé que ahora, finalmente, me va a acompañar a la casa de Juli, donde me van a estar esperando sus tres perros y que van a ladrar cuando me vean. Que me va a dar un beso de despedida que, solo por la forma amarilla y horizontal que tiene la luz a esta hora, va a parecer romántico. Mi amiga se va a sentar en la cama y me va a pedir que le cuente. Se va a tapar la boca con las manos para no gritar de la emoción y va a decirme que se muere por estar en mi lugar. Que ni me preocupe, que no me perdí de nada. Que se quedaron tocando la guitarra en la playa, que uno de los chicos se metió al mar en calzoncillos y se tuvo que volver antes porque estaba muerto de frío, que compraron churros a las tres am, que se hicieron amigos de un perro nuevo y le pusieron nombre.
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Manuela Martínez nació en Buenos Aires en 1995. Es actriz y escritora. Vive sola en un departamento en la zona de Colegiales y estudia Artes de la escritura en la UNA. Intenta salir a caminar todos los días. Como actriz, trabajó en la película “Sueño Florianópolis”, de Ana Katz, y en la obra de teatro” Paraguay”, de Lucía Maciel y Paula Grinszpan. Creó y dirigió “Revista Palta”, ganó el premio Historias Breves del INCAA con su cortometraje Instrucciones para Adela, y colaboró en diferentes medios de comunicación. Actualmente coordina talleres de escritura creativa. Es autora de la novela “El último hombre perfecto”, publicada este año por Penguin Random House.

 

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