Anacaona es la madre del orgullo dominicano

Santo Domingo, República Dominicana. Fue a los lugares donde vivió y luchó la cacica y, con las licencias que le concede la literatura, le construyó una historia de vida y una genealogía, y recreó su lucha. La puso a correr en las llanuras del sur mientras su pueblo era exterminado por los conquistadores. Y la imaginó altiva, muy altiva, a la hora de su muerte. El resultado fue Anacaona, la última princesa del Caribe, una novela que evoca a la cacica de otra manera.

Jordi Díez, escritor catalán residente en la República Dominicana, llegó hace quince años al país y aquí se quedó. Y aquí ya ha escrito tres novelas con temas dominicanos, entre ellas la de Anacaona, un libro de cuarenta y siete capítulos que, según dice, busca rendir homenaje a aquella raza diezmada por la ambición desmedida de los conquistadores españoles.

“Anacaona es un reconocimiento a los taínos -dice- y la escribí como una manera de agradecer a la República Dominicana lo que me ha dado a mí, que soy un extranjero en esta tierra y que nunca me he sentido como tal. Y también es un reconocimiento a un pueblo de una dimensión muy superior a la que ha trascendido en la historia”.

Anacaona, Flor de Oro, rosa olvidada del tiempo, con su historia mal contada, vivió una época terrible. Llegaron los conquistadores y se adueñaron de un mundo que no les pertenecía. Empezaron a exterminarlo todo y en apenas veinte años borraron de la faz de la tierra un pueblo entero. Y en medio de ese torbellino de acontecimientos inesperados, Anacaona, uno de los dolores de la historia nacional, fue ahorcada sin piedad en 1504 por el asesino Nicolás de Ovando, gobernador de la isla y, según uno de los personajes del libro, “el ser más despreciable que he conocido”.

Hoy, en su propuesta ficcional, Jordi Díez presenta una cacica altiva en todo el decurso de su historia y le inventa una genealogía. A él no le parece que Anacaona fuera la muñeca de trapo que ha construido la posteridad, con la ayuda de los Cronistas de Indias y algunos escritores españoles.

“Mi pregunta es -expresa el novelista- qué necesidad hay de colgar de la Plaza Mayor y de hacer una de las matanzas más grandes, sino la más grande que ha habido jamás en esta isla, para capturar a una cacica de paz. (…) Si Nicolás de Ovando organiza una matanza y organiza su captura y su ejecución pública no puede ser una cacica de paz. Decir que era una simple cacica de paz no tiene ningún tipo de lógica”.

Y añade: “Que intentara ser pacífica al principio, si, parece que está bastante demostrado; y que hace un acercamiento a los invasores con presentes, sí. Pero a nadie le gusta que le maten a los hijos, que le roben las cosas, que le maltraten, que le violen las mujeres”.

Para escribir su libro, Jordi Díez hubo de apelar a su imaginación. Sus recuerdos fueron hechos de la nada. Y sobre esa nada y unos cuantos viejos documentos, tejió su historia. “No hay nada, nada de Anacaona, y tuve que recurrir a la imaginación y a las licencias de la literatura”, cuenta el novelista para explicar lo que cuenta su novela.

En su obra, Fray Ramón Pané, el ermitaño que vino con Colón y escribió la primera historia cultural de los aborígenes –Relación de antigüedades de los indios-, es un personaje principal y uno los ejes centrales sobre los que transcurre la historia.

“Es un monje que viene con Cristóbal Colón en su segundo viaje con la idea de estudiar a los indios. Es catalán y no hablaba castellano; hablaba latín y catalán, nada más, que se sepa. Colón lo trae para que estudie a los indios, que no hablaban ni catalán ni latín. Eso me trajo muchas preguntas ¡No había nadie mejor! Esa combinación entre el catalán, que le conozco porque, claro de ahí soy yo, y el trópico, me atrajo mucho para meterme en esa historia”.

A Pané le inventó un final. Lo puso a morir en su tierra, pobre, enfermo y desesperado por denunciar los abusos contra los aborígenes, y con su libro sobre los aborígenes debajo del brazo, después de partir como un paria y en condiciones lastimosas de la Española.

Jordi Díez escribió a Anacaona y se acercó a su tiempo. Con ojos escrutadores le inventó miedos, dudas y corajes, y con todo eso le construyó un mundo.

En España, según dice, la novela ha tenido acogida, pero algunas personas han dicho que Díez la ha escribo para promover la leyenda negra de España sobre la Conquista de América.

Buscando los viejos escenarios de la historia, Jordi Díez fue una tarde al parque Colón de Santo Domingo -situado en el antiguo yucayeque o poblado taíno gobernado por la cacica Catalina- mientras escribía su novela y quedó estremecido ante la estatua de Colón creada por el escultor francés Ernest Gilbert y develizada el 27 de febrero de 1887 por el dictador Ulises Hereaux.

“Cuando yo llegué aquí a Dominicana encontré una estatua de Colón en la plaza de la Catedral, y está Anacaona desnuda a los pies de Colón. Es como la imagen de una prostituta arrastrándose a los pies del amo. Una estatua humillante”.

Además de Anacaona, la última princesa del Caribe, Jordi Díez ha escrito El secreto del Obispo y El asesinato de Hipólito León Mejías, ambas con temas dominicanos y que forman parte de una serie policíaca protagonizada por el inspector Martín Guarionex.

¿Cómo se acercó a la historia de Anacaona?

Yo vivo aquí, en la República Dominicana, y como escritor empecé a interesarme por la situación de los primeros habitantes de la isla. Los taínos fueron los primeros que sufrieron el ataque colonizador, no solo físico, también cultural de una potencia mayor.

Mi sorpresa fue que casi no había historia. La historia que hay estaba escrita, justamente, por los que acabaron con ellos. La historia de Anacaona está explicada por los mismos que la mandaron a matar.

Ha pasado a la historia como un divertimento, un payasito de la historia, la india que aprende a escribir y luego, como se pasa un poco, se pone violenta, pues pasa de ser la india que divierte, a ser una prostituta, a ser un cuero, como dicen ustedes aquí, a ser la Semíramis del Caribe, pero vista con los ojos de la Inquisición y a ser colgada.

Y su marido, que fue Caonabó, todavía es peor. Caonabo es el primer guerrero, el primer revolucionario de este lado del mundo, el primer tipo que planta cara a los colonizadores, y ha pasado a la historia como un tonto, como un bobo, como un salvaje.

Si él pudiera explicar su propia historia hubiera dicho que los salvajes eran los otros. Porque él estaba aquí tranquilo, él no molestaba a nadie, vivirían mejor, vivirían peor, pero evidentemente, como grupo humano, tenían sus formas, tenían sus reglas, y les funcionaban; vivían en sociedad. Eran sociedades estructuradas que la presencia de una religión nueva y un gobierno nuevo y una gente nueva las hizo cambiar y las destruyó. Y eso es lo que a mí me atrajo de la historia de los taínos, por eso decidí escribir Anacaona.

Hay una motivación más. Por mi faceta de catalán me atrajo más la historia porque uno de los personajes interesantes en la colonización de la isla de La Española es catalán, Fray Ramón Pané.

Pané es un monje que viene con Cristóbal Colón en su segundo viaje con la idea de estudiar a los indios. Es catalán y no hablaba castellano; hablaba latín y catalán, nada más, que se sepa. Colón lo trae para que estudie a los indios, que no hablaban ni catalán ni latín. Eso me trajo muchas preguntas. ¡Será que no había nadie mejor!

Esa combinación entre el catalán, que le conozco porque, claro de ahí soy yo, y el trópico, me atrajo mucho para meterme en esa historia. Son las dos motivaciones grandes que tuve.

¿Por qué quiso novelar a Pané?

Con Fray Ramon Pané es con quien más licencia histórica tengo porque se quedó en El Seibo con un cacique, con un nitaíno, y ahí escribió su tratado sobre los indios. Pero eso nada más. Yo me tomo la licencia de hacerle participar en todos los hechos principales de la conquista y fabulo con su retorno a Cataluña treinta años después, viejo y enfermo. Eso es fabulación, licencias de la literatura.

¿Qué encontró en su rastreo bibliográfico y qué le sirvió para la novela?

De Pané leí su tratado. Y lo que me costó muchísimo fue, sobre todo, recopilar información sobre los taínos. De hecho, yo empecé la novela antes de la llegada de los conquistadores y me lo tuve que inventar todo: los hombres de los padres de Anacaona, de los padres de Caonabo, nombres de nitaínos, de personajes, porque no hay nada. Nada.

Hice varias visitas al Museo del Hombre Dominicano y fue más lo que yo interpreté de las piezas que vi que realmente de la literatura que encontré.

También me serví mucho de la Biblioteca Nacional española, que está totalmente digitalizada. Tú consultas el libro original con la letra del momento, que es tan difícil de leer, y luego tienes la transcripción en letra Arial 10, que la puedes leer.

¿Qué encontró de Anacaona?

De Anacaona lo que encontré es una crónica, que además no tenía idea de que existía porque a Anacaona la voy conociendo por canciones, por poemas. No había leído propiamente de ella, más allá de mi propia imaginación, y lo que leo es una crónica que la nombra directamente la Semíramis del Caribe, la Semíramis del Trópico, y Semíramis era una mujer libertina, pero impresionante.

La crónica que yo leo es escrita en el 1800, hace referencia a una crónica de 1700, y esa crónica de 1700 hace referencia a una crónica de 1500.

También encontré muchas referencias a la matanza de Jaragua. De ahí saqué bastante literatura de ella. De hecho, sé que ella era hermana de Bohechio, no se tiene más hermanos, yo no los encontré, no encontré nada. No encontré el nombre de sus padres, no encontré el nombre de sus hijos, más allá de la pequeña Higuemota, relacionada con la matanza de Jaragua y de los supervivientes.

Los autores españoles que han escrito sobre Anacaona la han tratado como una prostituta.

Si, es que esa es la visión que nos legaron. Es una visión de la historia. Anacaona debió de pasar a la historia como Cleopatra. La cultura taína no es el imperio egipcio, lo entiendo, pero su figura sí, y no pasó así. Pasó como una india que vivía en los árboles y que los españoles la bajaron al suelo para que pudiera caminar. Y pasó como eso, como una persona totalmente inculta, sin formación, sin nada, salvaje, que lo único para lo que servía era para follar, como un cuero, como una prostituta. Y es una pena.

Conclusión: que Anacaona, entonces, no ha sido bien contada.

Yo entiendo que ha sido contada solo por una parte. Una parte que, además, no es que no sea objetivo, es que a los cronistas españoles les importaba un pimiento quién era Anacaona y quién no. O sea, lo que les importaba era quienes eran los españoles, como es normal. Lo que falta en la historia es la visión de la otra parte, pero la otra parte no existe porque es aniquilada.

¿Usted fue a los lugares donde vivió y luchó Anacaona?

Estuve en todo el sur.  Intenté recorrer todos los escenarios que aparecen en la novela con mis propios medios y verlos todos y estar en todos. Me sorprendió que muchos de ellos no se sabe dónde están. Por ejemplo, el fuerte de Santo Tomás no existe.

He intentado buscar por todos los sitios. Estuve, por ejemplo, en la ciudad La Isabela, la original, estuve en San Juan de la Maguana, donde debía estar el reino de Caonabo. Recorrí todos esos escenarios, pero hay un vacío también grande, una ruptura grande entre la historia dominicana y sus propios ancestros. La propia historia dominicana ha roto con sus ancestros taínos y tampoco los ha tratado bien. Eso me sorprende también.

En los escritores de la posteridad, especialmente los españoles, la sensualidad y la sexualidad de Anacaona siempre han sido una tentación. ¿En su búsqueda encontró usted algún elemento que trazara esa ruta o fue un invento de la posteridad?

Yo lo único que encontré fue una crónica escrita en el siglo XVIII que hacía referencia a una crónica del siglo XVI o XVII que hacía referencia a una crónica anterior. Eso es lo que encontré yo. Y ahí sí, ahí es donde él explica que Semíramis, que ella hacía con varios varones, que había otras jóvenes y tal. Es la crónica que encontré.

En su novelaXaraguáel escritor español Manuel Vásquez-Figueroa dice que ella, para preservar su territorio, se acostaba con los españoles.

Yo esa novela no la leí porque, ojo, Vásquez-Figueroa me encanta, sobre todo una novela que se llama Tuareg, que me parece extraordinaria y he leído muchas novelas de él. Es un autor muy prolífico.

Yo la empecé a leer. La primera de todas es Centauro. En esta él explica cómo Caonabo ataca el Fuerte de la Navidad y cómo se defienden los españoles. Él pinta a los españoles como si fueran tipos superiores y los otros bestias salvajes que aparecen de la oscuridad. No es lo que yo quería escribir, no me interesaba para nada, no quería contaminar mis ideas o mi imaginación.

Caonabo es capaz de plantarle cara a unos invasores con una tecnología infinitamente superior. Con palitos, piedras, lo que tuviera, les vence en el Fuerte de la Navidad, y me van a hacer creer a mí que ese señor luego va un español, le da una camisa de fuerza y el tipo se la pone o unos grilletes, y se los pone, como un idiota. Lo capturan y se lo llevan. Eso es lo que nos han explicado. Está muy claro que nos han mentido. Y más Caonabo, que era un guerrero y que, según los Cronistas de Indias, los mismos colonizadores le tenían miedo.

Pues, evidentemente, Caonabo fue capturado y fue preso y murió en alta mar o antes de subir al mar o lo que digan las crónicas, pero no capturado así, seguro, es imposible. Lo tuvieron que emboscar y lo tuvieron que vencer.

Las novelas sobre la Conquista de América de Vásquez-Figueroa son buenas narraciones literaturas, pero él hizo de Caonabo y Anacaona dos idiotas, y del asesino de Alonso de Ojeda un gran héroe.

Ojeda tiene un cambio a lo largo de su vida. Cuando llega a Venezuela se enamora de una india, que es la famosa historia de Alonso e Isabel, le cambia el nombre, por supuesto, como a Enriquillo, como a tantos otros aborígenes americanos cuando se bautizan para convertirlos en persona, y él cambia y parece que en sus últimos años se arrepiente bastante.

Hay una teoría o una historia sobre él; no sé cuán cierta es. Dice que él pidió que a su muerte lo entierren en la Catedral de Santo Domingo, sin nombre, a la entrada, para que todos los habitantes americanos lo pisoteen, que es lo que se ha merecido.

Pero Ojeda fue el más cruel de los verdugos en la ficción y en la realidad, según la historia.

Yo creo que sí. Los españoles, también los franceses, los americanos, Alejandro Magno, Julio César. Son conquistadores y no se conquista con la palabra ni con la flor, se conquista a garrote, sangre y desgracia. Como hicieron aquí.

¿Qué tiempo le tomó escribir la novela?

Cerca de cinco años.

¿Cuáles fueron los mayores tropiezos que tuvo?

Tardé cinco años porque no quería escribirla. O sea, fueron cinco años más de no querer. Las escenas de la violencia me costaron tanto escribirlas que las revisaba continuamente. De hecho, cuando la mandé a la editorial me hicieron quitar un montón de párrafos porque alargaba y alargaba y alargaba, pero nunca llegaba a los españoles.

Se me hizo muy difícil escribirla desde el punto de vista de la exterminación. Esas escenas, la batalla que elimina a los taínos, donde se presenta el hermano de Caonabo cuando éste ya está preso, cuando muere Bohechío, que tampoco se sabe muy bien como muere, la batalla de La Vega, la matanza de Jaragua, la toma de Santo Tomás.

Entonces se me hizo muy difícil escribir y tardé mucho tiempo porque me daba mucho miedo enfrentarme a mí mismo, a ese momento.

¿Era un miedo emocional?

Miedo emocional, sí. Porque es muy violento, es en extremo violento. Es una historia donde hay una masacre de un pueblo entero.

Yo rehúso la violencia en cualquiera de sus formas, no concibo la violencia. Por eso escribir eso se me hizo muy difícil, no técnicamente, emocionalmente.

¿De qué supuestos usted partió para crearle una genealogía tan detallada a Anacaona, a Bohechío, a Caonabo?

Basándome un poco en lo que vi físicamente en los escenarios, basándome en nombres taínos y basándome un poco en lo que escribían los cronistas del 1494 en adelante, inventé todo lo que viene detrás. Es decir, todo lo que hay antes de eso, todas esas genealogías que tú comentas, son totalmente fruto de mi imaginación.

Caonabo, por ejemplo, tiene sangre caribe, pues yo imaginé que su padre era taíno y su madre era caribe. Pero claro, eso era imaginación mía puramente, igual que el propio Caonabo lo es. Toda esa genealogía anterior la tuve que inventar porque no encontré -no sé si existe- ni un solo dato anterior a las crónicas de los españoles o que las crónicas hicieron mención a datos anteriores.

¿A fin de cuentas, cuál es la idea que quiere dejarnos la novelaAnacaona?

Anacaona es un reconocimiento a los taínos, principalmente. Y la escribí como una manera de agradecer a la República Dominicana lo que me ha dado a mí. Yo soy un extranjero en esta tierra, nunca me he sentido como tal, se me ha tratado de una manera extraordinaria.

Y luego es un reconocimiento a un pueblo de una dimensión muy superior al que ha trascendido en la historia. Eso ha sido lo que yo intenté con Anacaona.

Literariamente, es una historia potentísima. Mi novela te puede gustar o no, pero esto de Anacaona es brutal. Es una señora que reina porque matan a su hermano o muere su hermano, que tampoco está claro, se casa con el mayor guerrero, construyen el mayor reino que ha tenido jamás esta isla. Era un reino enorme, uno de los colonizadores se enamora de ella, su marido muere peleando, ella acaba siendo guerrillera y acaba en la horca.

Entonces, la historia de Anacaona, Caonabo y los taínos es extraordinaria, literariamente es maravillosa. Por eso me atrajo tanto.

 Anacaona, en un areíto (ceremonia que conmemoraba las tradiciones más importantes).Anacaona, en un areíto (ceremonia que conmemoraba las tradiciones más importantes).

Anacaonaes el centro de su historia, pero a su alrededor gravitan otros personajes. ¿A usted cuáles caciques le atrajeron más como figuras de la historia y como personajes literarios?

Me atrajo mucho Bohechío. Y evidentemente, Caonabo, que forma parte de esta historia y que fue coprotagonista con Anacaona. Pero me atrajo mucho la atención Bohechío. Me sorprendió cuando descubrí más acerca de Guarionex, un gran cacique. De hecho, es el intermediario con la paz, es el que consigue, cediendo, evidentemente, la paz. Y me gustó Cayacoa por el lado de salvaje que él sí tiene. Cayacoa fue el gran guerrero que quedó un poco olvidado, quizás de los mayores olvidados de la historia taína.

Y luego me gustó mucho Guacanagarix. Los catalanes tenemos una palabra para este tipo de personajes, que es botifler; significa tendero, pero muy despectivamente y es el que se vende a los que han venido de fuera. Las veleidades de Guacanagarix empezaron con lo del Fuerte de la Navidad. Guacanagarix es el primer lambón de América, el primer botifler.

Los historiadores siempre han manejado la versión de que Anacaona fue una cacica de paz, no de guerra, y usted la pone a guerrear.

Mi pregunta es qué necesidad hay de colgar de la Plaza Mayor y de hacer una de las matanzas más grandes, sino la más grande que ha habido jamás en esta isla, para capturar a una cacica de paz. O sea, si tú quieres capturar a una cacica de paz vas a su casa hola hola y, como es tonta, la encadenas o le regalas unos grilletes, como a Caonabo, y luego la montas y te la llevas.

Si Nicolás de Ovando organiza una matanza y organiza su captura y su ejecución pública no puede ser una cacica de paz, pienso yo. Eso no tiene ningún tipo de lógica. Que intentara ser pacífica al principio, si, parece que está bastante demostrado. Y que hace un acercamiento a los invasores con presentes, sí. Pero a nadie le gusta que te maten a los hijos, que te roben las cosas, que te maltraten, que te violen las mujeres.

Yo sí pienso que Anacaona sufre un momento de transformación. En mi novela la pongo en el momento que capturan a su marido, pero tuvo que darse porque si no, no se hace todo ese esfuerzo para ir a capturarla. Y no solo capturarla y someterla, ejecutarla públicamente para el escarmiento.

Está claro que Anacaona es una construcción que se ha hecho en la posteridad a partir de lo poco que escribieron los Cronistas de Indias, que fueron los primeros que complicaron su historia, y todo el que escribe de ella va primero a esa fuente. ¿Eso quiere decir que cada quien tiene una Anacaona diferente?

Eso pienso yo. La que ha trascendido más es doble. Por un lado, la bucólica, la india que recita poesías a la luz de la luna, y por otro, la india prostituta que cuando acaba las poesías se mete a la cabaña con el ejército de salvación. Esas son las dos Anacaona que más han trascendido, por los poemas, por la música, por su condición de mujer.

Si hubiera sido un hombre no hubiera pasado como poetisa ni como prostituta, aunque hubiera hecho lo mismo. Su condición de mujer la aboca a ese camino en el que solo podría ser madre, hermana o prostituta. No hay más.

Para mí fue un personaje. Un personaje de una fuerza vital extraordinaria, arrastrada por las propias circunstancias que le tocó vivir.

Quizás Anacaona, si no hubiera vivido la conquista, hubiera sido una india bucólica, una taína bucólica de areítos, de poesía. Ella se enfrenta a un destino que la sobrepasa. Probablemente fue una mujer de paz, y tuviera ese aspecto más delicado de la poesía, pero el destino que le toca vivir la transforma obligatoriamente. O sea, tú no puedes vivir una exclusión de tu cultura, de tu pueblo y hacer poesías; en un momento debes tomar partido.

¿Qué huellas le dejó en el alma la historia de Anacaona?

Anacaona me dejó la fuerza de enfrentarse a un destino que tú no quieres. Eso es lo que yo más le valoro siendo mujer. Se enfrentó a una sociedad totalmente patriarcal, se enfrentó a unos conquistadores hombres, varones. Ese valor que tuvo esa mujer de transformarse y transformar su alrededor, eso lo llevo conmigo. Anacaona es la madre del orgullo dominicano, ese orgullo que todavía existe.

El pueblo dominicano, a pesar de sus carencias y todo lo que ha sufrido, tiene un orgullo que es una cosa extraordinaria. A mí me da envidia y ojalá los catalanes tuviéramos el orgullo que tienen ustedes.

Para mí, Anacaona es un poco la madre de todos los dominicanos. Y ese orgullo de esa mujer yo lo veo a mi alrededor, la mezcla del orgullo con lo festivo porque el dominicano tiene las dos partes. Y eso es un reconocimiento enorme es lo que le tengo, una devoción hacia ese personaje.

¿Qué piensa de los Cronistas de Indias?

Los cronistas son pagados por los propios colonizadores, claro, y sus historias son muy incomprensibles. El propio Ramón Pané no entendió nada de lo que le explicaron porque tampoco hablaba el idioma. La historia que él explica de la cosmología taína es incomprensible. Lo leí cien veces y me costó mucho entender lo que él explicaba.

Entonces, las crónicas esas son más bien dedicadas a las gestas de los que vienen; para eso están los cronistas. ¿Que son creíbles? Si, son creíbles. Pero son creíbles teniendo en cuenta lo sesgado de su visión, lo parcial de su visión.

Y hay otra cosa: llamar a esta parte las Indias es una barbaridad. Esto no es las Indias. Llámenle América o llámenle Colombia, llámenle Caribe o llamémosle como sea, pero no le llamemos las Indias ni las nuevas Indias ni nada.

Lo de Nuevo Mundo también me parece ofensivo porque el mundo no era nuevo, ya existía. De hecho, ya había gente aquí miles de años atrás. Nuevo Mundo para los que vinieron, pero para los que estaban el Nuevo Mundo era el otro. Tampoco me gusta. Pero esto de Las Indias me parece muy ofensivo, no sé por qué continúa llamándose así. No me gusta. Creo que es una falta de respeto histórica a la gente que había aquí.

¿Qué diferencias percibe entre Bartolomé de Las Casas y Fray Ramón Pan?

Fray Ramón Pané es un ermitaño y el Padre Las Casas es rico, es de familia rica. El primero llega, escribe un tratado desde el punto de vista etnológico -de hecho, es el primer etnólogo de los taínos- y desaparece, no se sabe nada más. Probablemente, por pobre, por ermitaño pobre, murió aquí y aquí se quedó.

Padre Las Casas es un señor rico. Él conoce la cultura taína porque su padre, el comendador de Las Casas, le lleva esclavos. O sea, su padre lleva una pareja de esclavos a su casa de Sevilla y él los conoce allá.

El primero -Fray Ramón Pané- para mí no tiene ningún tipo de evolución porque realmente -y siendo catalán estoy convencido- era bastante soso, no tiene evolución posible. Yo creo que llegó, se aclimató, se quedó y se murió, hizo su tratado y ya está. Yo creo que eso es lo que pudo haber pasado con Pané.

De Las Casas tiene una evolución enorme y es un personaje muy importante porque él llega aquí como hijo de un comendador, no llega aquí como fraile, en absoluto. Llega a revisar las encomiendas de su padre. Su padre tenía aquí intereses y él viene por eso.

Y cuando llega aquí ve la injusticia y el maltrato que se está haciendo a los taínos, le cambia el chip, cambia su mentalidad y es entonces que regresa, se hace fraile y vuelve como fraile. Y ya como fraile puede explicar lo que él ve que está ocurriendo, porque antes de ser fraile tampoco lo puede hacer porque su propia procedencia de familia de medias en España le impide ser sincero o ser franco o postularse en contra de su propio padre o de lo que representa su propia familia.

Entonces, el Padre Las Casas para mi es un personaje muy interesante y muy lindo porque es el primero que se atreve a poner por escrito lo que probablemente muchos otros hicieron de palabra. Pero él lo escribe y lo denuncia.

Entonces, él tiene un comportamiento de menos a más muy importante. Yo le tengo mucho aprecio. Porque no ha de ser fácil ser el primero que denuncia a todos los que han venido contigo. Él se enfrenta a su propia naturaleza, a su propio origen, al denunciar todo lo que estaba ocurriendo. Es un personaje muy valiente.

Para unos historiadores la llegada de los conquistadores fue el encuentro de dos mundos, para otros es una inmoral matanza y depredación del mundo que ya había. ¿Con cuál punto de vista se queda usted, con que fue una gesta civilizadora o que fue una matanza innecesaria?

Es que fue las dos cosas. No te puedes quedar con una o con otra porque son las dos. La gesta es impresionante; otra cosa es lo que hacen. Eso es juzgable y es detestable, pero la gesta es impresionante porque unos señores se meten en un cascarón de siete u ocho metros para cruzar el Atlántico.

Lo otro es que crucen el Atlántico y empiezan a matar gente. Si, si, de acuerdo. Pero la gesta es la gesta, no se puede negar. La gesta es brutal. Esos tipos fundan una nueva Europa al otro lado del mundo.

Entonces para mí tienen las dos vertientes y las dos son ciertas. La gesta es magnífica, es una de las mayores gestas humanas que ha habido a nivel de exploración y de viajes. Sería comparable a la colonización del espacio. Pero la gesta es brutal, la matanza también. Acabaron con todas las civilizaciones que encontraron. Es la mayor gesta de la humanidad, pero también la mayor matanza de la historia de la humanidad. Y coinciden las dos en el mismo hecho.

Yo intenté tener las dos voces. Yo prefiero quedarme con los vencidos. Es mi naturaleza de reflejarme más con ellos. Me siento más identificado con los perdidos que con los conquistadores, es cierto.

¿El exterminio de los aborígenes del Caribe puede considerarse una de las grandes matanzas de la humanidad?

Yo creo que sí. Es una de las grandes matanzas de la humanidad, no ha habido una matanza igual a esa. No solo por parte de los españoles, por parte de los colonizadores en general. Solo se habla de los españoles, pero aquí vinieron conquistadores de todos lados. Los ingleses hicieron lo mismo por todos lados.

Acabaron con la riqueza, por supuesto, pero sobre todo con las personas. Yo creo que es la peor matanza que ha habido jamás. Porque se mataba a mano, eran artesanos de la muerte. No tenías como ahora, que tiras una bomba y matas como a mil. Fue monstruoso.

¿Habrá que reescribir la historia de la Conquista?

Es evidente que hay que reescribirla pues hay capítulos que no se aguantan por ningún lado.

¿Entonces, los conquistadores eran héroes o villanos?

Donde tú te posiciones en la balanza serás más héroe que villano. Eso ya depende un poco de las ideas de cada uno. Pero evidentemente, para mi eran las dos cosas sin duda alguna.

Los conquistadores eran héroes y asesinos. Héroes, porque lo que hacen es heroico, pero cómo lo consiguen es una villanía. Si no, no lo hubieran conseguido.

¿Cómo les contaron a los españoles la historia del exterminio de los indios?

No nos lo contaron

JORDI DÍEZ
acento.com.do

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