¿Qué hacer si tengo el peor trabajo del mundo?

Por Cecilia Durán Mena

Para algunos, ir a trabajar es sinónimo de amanecer ligeros y con la ilusión de empezar a trabajar. Nos encanta lo que hacemos, nos sentimos plenos al desempeñarnos, somos escuchados, nuestras ideas se toman en cuenta y pertenecemos al mejor equipo que hay en la faz de la tierra. Para otros, despertar y pensar en el trabajo es peor que la pesadilla de ser Prometeo encadenado. La primera reacción, el consejo fácil es renuncia, sin embargo, me temo que es mejor guardar la calma, respirar profundo para que nos llegue oxígeno al cerebro y dedicarnos un momento a analizar. Respira y no renuncies.

Mi abuela solía decir: piensa antes de hacer las cosas en vez de hacerlas para luego estar pensando. Estar en un mal trabajo nos puede estar amargando la existencia y cuando uno se siente enfadado, enojado, desilusionado o alterado está en la peor posición para una toma de decisiones eficiente. Tampoco estoy diciendo que hay que sentarnos a soportar los días en un lugar en el que no queremos estar. Lo que digo es que antes de escribir la carta de renuncia, vale la pena reflexionar y analizar un poco.

Claro está que las entrañas nos están exigiendo que ya estuvo bueno, que uno no tiene por qué aguantar esas situaciones, nos decimos que de mejores cantinas nos hemos salido y no ha pasado nada y nos vamos envalentonado con nuestras propias molestias y con las voces que nos animan a decir que hasta ahí llegó la paciencia. Lo cierto es que nadie se ha arrepentido de ser prudente y sabemos que las tripas no siempre son las mejores consejeras. Momento, hay que tomarnos el tiempo para clarificar la mente y buscar el origen de nuestra intención de saltar por la borda y dejar el barco.

Por lo general, ese pésimo trabajo en el que nos encontramos se trata de una elección libre y soberana que tomamos en algún momento. Fuimos nosotros los que elegimos estar ahí. Si en algún momento decidimos que esa era una buena opción y aceptamos una oferta fue por algo y sería bueno recordar qué fue lo que inclinó el fiel de la balanza en esa dirección.

Al hacer memoria, podemos recuperar ese instante en el que nos pareció buena idea hacer esa elección. Entonces, estaremos en posición de preguntarnos qué fue lo que se modificó y esa respuesta puede ir en tres direcciones:

  1. Se prometió algo que luego no se cumplió. Efectivamente, son muchos los ejemplos en los que en la época de seducción y convencimiento se ofrece más de lo que se va a poder dar.
  2. Creímos que íbamos a hacer algo y resultó otra cosa totalmente diferente. Es frecuente que al pensar en un nuevo trabajo, tengamos la idea de que nuestra labor va a tener cierta envergadura, va a impactar en ciertos términos o se va a llevar a cabo con ciertos métodos y no es así. La ilusión de llegar a un lugar nuevo
  3. Pensamos que esa posición nos serviría de trampolín para llegar a otro lugar y seguimos enraizados en el mismo sitio.

Claro que es frustrante encontrarnos en esta situación, pero es pertinente valorar los escenarios:

  1. Tal vez estamos en ese lugar porque no encontramos algo mejor. Tenemos que recordar que encontrar el trabajo ideal no es sencillo, es algo similar a lo que hizo Diógenes al salir con su lámpara en los tiempos de la Antigua Grecia.
  2. Tal vez no encajamos en el equipo de trabajo, nos sentimos como una tuerca cuadrada en medio de pernos redondos.
  3. La actividad es monótona y no saca de nosotros lo mejor que podríamos ofrecer.
  4. No entienden la genialidad de nuestras ideas.

Si estos son los escenarios, habría que plantearnos si no somos nosotros el problema. Es posible que nosotros seamos el gatillo que dispara todos estos defectos y si renunciamos sin entender las causas, nos estaremos llevando los problemas a cuestas, de la misma forma en que los caracoles van cargando con su concha todo el tiempo.

Si ese es el caso, podemos mejorar. Y, si es así, es necesario valorar cuáles son las competencias que necesitamos desarrollar. Dejar de centrarnos en nosotros mismos y ver otras perspectivas en vez de encerrarnos en la caja. Si nosotros somos el problema, es sencillo, porque nosotros tendremos la solución.

Pero, hay trabajos que efectivamente son malos, es más, son muy malos. Tenemos un jefe que nos maltrata, no escucha nuestras ideas, no respeta nuestra intimidad, es desconsiderado con los horarios laborales, tiene modos groseros; la empresa es pésima, no tiene una buena relación con sus trabajadores, exige mucho y da poco, hay favoritismos, nos deja de lado, no son profesionales, dejan de lado el deber ser y las buenas prácticas y tantas otras razones que tenemos en la punta de la lengua. De todas maneras, te digo: respira y no renuncies.

Quedarse sin trabajo en cualquier momento es duro. Implica quedarse sin un ingreso seguro y en muchos casos ese escenario es más malo que el peor trabajo del mundo. Antes de renunciar, hay que buscar opciones. El mejor momento para buscar trabajo es cuando todavía se cuenta con uno. La naturaleza es sabia, hay que observarla y aprender de ella. Por ejemplo, un changuito que va alegremente de un árbol al otro, no se suelta de la rama hasta tener bien afianzada la otra. Los changuitos no son tontos, saben que, si se sueltan, por más rápidos y ágiles que sean, se van a caer.

Cambiarse de trabajo es una aventura similar a la de los changuitos de la selva. Asimismo, es un proceso. Primero se busca una opción que sea igual o superior a la que tenemos. Segundo, nos aseguramos de que no vamos a repetir la experiencia, que efectivamente lo que vamos a dejar no es mejor que lo que teníamos. Tercero, nos cercioramos de que es la alternativa ideal que nos llevará a dar lo mejor de nosotros mismos y antes de dejar lo anterior, afianzamos el futuro.

¿Qué hacer si tengo el peor trabajo del mundo?  Hay que respirar, darle aire al cerebro y tomar decisiones en forma serena. Tal vez nos demos cuenta de que el peor trabajo del mundo puede transformarse en el mejor. Quizá confirmemos nuestro parecer y si es así, tendremos una plataforma para buscar eso que será mejor, sin volver a comprar espejitos, sin volver a recibir gato por liebre.

forbes.com.mx

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