“Soy tu compañere”: las resistencias (y temores) al uso de un lenguaje inclusivo que sigue en construcción

¿Por qué el lenguaje inclusivo genera tanto enojo, tanta violencia, tantas campañas de odio?

No falla. Basta con escribir todes o la variante que prefieran con el fin de evitar el genérico masculino, para que estallen insultos, agresiones, descalificaciones y burlas. En su versión más extremista, el acoso en masa incluye amenazas y deseos de muerte.

Las reacciones cargadas de furia las vivimos a diario quienes, como parte de las militancias feministas o de la comunidad LGBTIQ, tratamos de usar –no de imponer– un lenguaje inclusivo que está a debate y en construcción incluso entre nuestros colectivos. Cuando lo hacemos, anticipamos la catarata de agravios. En mi caso, que lo uso sólo en redes sociales y en mi vida cotidiana, no en los medios en los que escribo, ya sé que me van a insultar más que cuando critico a gobiernos o a políticos.

Nada genera más irritación. El nivel de rabia que se desata todavía me resulta inexplicable, pero me hace pensar que, en realidad, no tiene que ver sólo con las palabras. Hay algo más de fondo. Quizá sea la resistencia y el miedo a los profundos cambios sociales que representan esas nuevas palabras.

En Argentina, por ejemplo, durante los ocho años de Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner hubo medios, políticos y periodistas que se negaron a llamarla presidenta. Se justificaban en estrictas reglas gramaticales para decirle: “la presidente”, aunque la verdad es que era sólo una manera más de manifestar su animadversión. Hoy siguen en esa línea que roza el infantilismo y se refieren a ella como: “la vicepresidente”.

Cecilia González, periodista y escritora

Hay personas que usan anglicismos sin prurito alguno, pero con el lenguaje inclusivo les invade un súbito ataque de indignación. Se erigen en defensores de la (inexistente) pureza del castellano y suelen poner al frente de sus argumentos a la RAE.

Un caso más reciente ocurrió en México. Andra Escamilla, una persona no binaria, es decir, que no se autopercibe mujer ni varón, lloró la semana pasada durante una clase virtual al pedirle a un estudiante que la llamara compañere, no “compañera”. Sus lágrimas deberían bastar para apelar a la empatía. Pero no.

A pesar de que su compañero aceptó el reclamo, respetó su identidad de género y se disculpó, o sea que entendió todo, el caso de Escamilla desató la enésima polémica por el lenguaje inclusivo en un país hispanohablante. Por supuesto, predominó el inaceptable ensañamiento en su contra en las redes sociales.

El nuevo escándalo permitió que se volviera a viralizar un video en el que Mario Vargas Llosa denuesta el todes por considerarlo “una estupidez”. Más que una burla, la irrespetuosa carcajada que lanza el Premio Nobel evidencia el nerviosismo de los sectores más conservadores ante las transformaciones reflejadas en un lenguaje inclusivo que combate el sexismo (que durante siglos ha impuesto que el genérico masculino “todos” o “ellos” incluye a las mujeres) y el falso concepto binario varón-mujer que no toma en cuenta que, contrario a lo que nos enseñaron, los géneros son mucho más diversos. Y ya es hora de tomarlos en cuenta e incorporarlos en el habla.

Opositores

En muchos casos, hay personas que usan anglicismos sin prurito alguno, pero con el lenguaje inclusivo les invade un súbito ataque de indignación. Se erigen en defensores de la (inexistente) pureza del castellano y suelen poner al frente de sus argumentos a la Real Academia de la Lengua Española, que (todavía) no acepta el lenguaje inclusivo.

Para empezar, aclaremos que desde que se creó la RAE, hace más de tres siglos, sólo ha tenido a 11 mujeres entre sus 500 miembros. Ya arrancamos mal. Es obvio que los señores especialistas que ocupan tan prestigiados asientos van a seguir defendiendo el masculino genérico, o sea, el que los coloca a ellos de manera predominante en el habla.

La inequidad se repite en todas partes. En la Academia Mexicana de la Lengua sólo 9 de sus 35 miembros son mujeres. En la Colombiana, 5 de 23. En la Chilena, 8 de 31. En la Academia Argentina de Letras, 6 de 23. De travestis, trans y personas no binarias, ni hablemos. Literalmente. No tienen representación en tan distinguidas instituciones.

Pero, además, quienes se apoyan en la RAE como si fueran las sagradas escrituras, defienden la inamovilidad de una lengua que siempre ha estado en movimiento. Es algo vivo, que se transforma con la práctica cotidiana del habla. Por eso, cada año su diccionario incluye los nuevos términos que se imponen a fuerza del uso. Las y los (y les) hablantes somos quienes decidimos.

Lo raro es que nada genera más escozor que las palabras derivadas del lenguaje inclusivo.

La denostación incluye simplismos, como burlarse del uso de la “e” y aplicarlo a objetos, a pesar de que el activismo lingüístico por la inclusión se refiere a personas. También, cada tanto se difunde el incomprobable diálogo de una persona que se queja ante una mesera que saluda con un: “hola chiques” y a la que le reclama que el restaurante en realidad no es inclusivo porque no tiene rampas para discapacitados ni menú en braille.

Cecilia González, periodista y escritora
Burlarse del lenguaje inclusivo es lo más fácil. Lo más difícil es buscar y estudiar los múltiples ensayos e investigaciones que se han realizado para demostrar el peso del habla en las desigualdades de género. Porque no es una ocurrencia.

En todo caso, habría que celebrar que en ese restaurante imaginario por lo menos se respeten otras identidades. Y eso es muy importante para muchas personas que luchan por ser reconocidas. No es “un triste relato que está de moda”, como acusa un texto que apuesta a que nada cambie, porque quienes lo difunden tampoco impulsan una campaña en favor de las personas con discapacidad. Eso sería central: exigir la ampliación de más derechos para más personas, no permanecer estáticos. Pero nomás se limitan a quejarse del lenguaje inclusivo.

Otro argumento en contra es que este debate es banal y deja de lado temas urgentes de las agendas feministas y de diversidad sexual, pero es apenas una más de sus facetas, tan valiosa como la legalización del aborto y el matrimonio igualitario, la equidad salarial, el cupo laboral travesti y trans y el reconocimiento del trabajo doméstico y de cuidado de personas dependientes que realizan mayoritariamente mujeres que no reciben remuneración alguna. Porque, recordemos, eso que llaman amor, es trabajo no pago.

Discusiones

Burlarse del lenguaje inclusivo es lo más fácil. Lo más difícil es buscar y estudiar los múltiples ensayos e investigaciones que se han realizado para demostrar el peso del habla en las desigualdades de género. Porque no es una ocurrencia. Especialistas de múltiples disciplinas vienen desarrollando trabajo intelectual alrededor de este tema.

En ese sentido, recomiendo especialmente ‘La lengua degenerada‘, el artículo escrito por la socióloga Sol Minoldo y el escritor Juan Cruz Balian, que explica con claridad cómo el lenguaje sexista, falsamente llamado masculino genérico, construye sentido y deja a las mujeres y a otros géneros en segundo lugar e implica violencia simbólica, ya que forma parte del sistema de desigualdad que abarca todas las áreas de la vida en que las mujeres y otros géneros hemos quedado subordinadas.

Como decía antes, un aspecto interesante es que ni siquiera entre los colectivos hay unanimidad de criterios. La arroba se descartó por ser un símbolo, no una letra; y la x, por complicar la lectura y pronunciación. Pero precisamente lo disruptivo de estos intentos demuestra el problema de origen: la falta de inclusión en el lenguaje se naturalizó de tal manera que no sabemos bien cómo resolverlo. No hay alternativas concretas y lo que se experimenta hace ruido, no encaja, se discute, no conforma, incomoda y, sobre todo, evidencia que algo falta en el lenguaje.

Ahora pareciera que hay un mayor consenso con el uso de la “e”,  aunque diferentes activistas advierten que el todes vuelve a invisibilizar a las mujeres. La discusión sigue abierta.

Para quienes se resisten, tenemos malas noticias. Dentro de poco ya ni siquiera podrán apelar a la idea de que se está violando el sacrosanto diccionario, porque el Observatorio de la RAE ya anunció que evalúa la incorporación del pronombre elle para referirse a quienes no se sienten identificados con los géneros mujer-varón. Y sí. Andra Escamilla es elle y es compañere.

En términos generales, ya casi no hay dirigentes políticos (o políticas) que no usen alguna forma de inclusivo femenino, por lo menos el “todas y todos”. En Argentina, el oficialismo suma el todes de manera cotidiana en los discursos públicos. Lucas Grimson, un dirigente veinteañero, causó revuelo el año pasado al innovar con les pibis en una conferencia. El acoso virtual en su contra reaparece cada tanto.

Inevitable

Portales periodísticos como Agencia Presentes y Cosecha Roja, entre muchos otros medios alternativos, ya escriben todas sus notas en inclusivo. La Universidad de Buenos Aires y otras universidades de la capital y de las provincias ya aceptan diferentes versiones de este lenguaje en los trabajos académicos.

Cecilia González, periodista y escritora
El inclusivo está en la calle, en las escuelas. Las juventudes urbanas, las militancias feministas y de diversidad sexual ya normalizaron su uso. No necesitamos la autorización de la RAE.

La ONU y otros organismos internacionales cuentan con guías para favorecer el uso del inclusivo, además de que la discusión se da también en otras lenguas. En 2015, Suecia oficializó el uso de un pronombre neutro, hen, para sumar al masculino “han” (él) y al femenino “hon” (ella). En Estados Unidos, la palabra “they” ya también tiene un significado en singular para referirse a una persona no binarias.

El inclusivo se abre paso en el arte, en obras de teatro, en canciones. La literatura de ficción y de no ficción está adoptando distintas alternativas. Por ejemplo, la novela ‘Vikinga Bonsai’, de la escritora Ana Ojeda, está íntegramente escrita con la “e” para sustituir al genérico masculino.

Apenas la semana pasada, el músico mexicano Jósean Log se solidarizó con Andra Escamilla y le dedicó una canción que resume la importancia de llamar a las personas de la forma en que quieren ser identificadas.

Queride compañere, hoy te quiero saludar, y aunque no te conozca, tengo ganas de cantar sobre algunas de esas cosas que pudieron lastimar las personas que no saben respetar. Sabemos que el lenguaje sirve pa comunicar, nos permite entendernos, y nos permite pensar y aunque muchos no lo entiendan, o parezcan ignorar, los conceptos construyen la realidad. Las palabras sí que importan en verdad. Hay hombres, hay mujeres, y aunque siempre a sido así, qué hermoso que encontremos nuevas formas de vivir para construir realidades que podamos habitar… a mí déjenme tranquile, yo no quiero encarnar estructuras que no me dejan brillar. Denme chance de existir, hay maneras tan diversas de vivir”, reza la melodía que ya tiene más de 300 mil reproducciones en Instagram

El inclusivo está en la calle, en las escuelas. Las juventudes urbanas, las militancias feministas y de diversidad sexual ya normalizaron su uso. No necesitamos la autorización de la RAE.

Quienes sigan quejándose tienen muchas opciones, como preguntarse qué es lo que les irrita tanto; respetar que otros, otras, otres usen el inclusivo; dejar las resistencias a un lado y abrirse para analizar y entender un interesante proceso lingüístico, cultural y político que forma parte de las luchas por los derechos humanos.

De lo contrario, se quedarán enojades, con la frustración de no haber podido frenar un cambio que ya es inevitable.

 

RT

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