“Bajo nuestra pobreza, mi padre supo educarnos”

Andrea Hernández escribió su nombre en los libros de marcas al convertirse en la primera mujer dominicana en alcanzar medallas en cada evento que participó

En la actualidad, Andrea Hernández está dedicada a la educación física escolar, donde les inculca a las niñas que su condición de mujeres no impide llegar a la cima, ya que “está totalmente demostrado que ser mujer es sinónimo de fuerza, amor y belleza”.

Recuerda que cuando se inició en la práctica de judo los hombres le tenían miedo, ya que era una muchacha robusta, fuerte, alta y con un cuerpo “bien fornido”, debido a los entrenamientos que recibía.
“Los hombres decían con esa muchacha yo no me caso, entonces yo le decía a mi mamá que me iba a quedar jamona, porque ellos me tenían miedo”, rememora la yudoca, y explica que a pesar de su contextura fuerte “siempre fui muy femenina y andaba bien arregladita”.

Originaria de Villa Francisca Segundo, La Vega, Hernández se convirtió en la primera dominicana en alcanzar preseas en cada uno de los eventos que participó. Sus muchos lauros le valieron, no solo su exaltación al Salón de la Fama del Deporte Dominicano, sino también al Templo de la Fama de las Artes Marciales en La Vega, el Salón de la Fama del Judo Panamericano de Chile, entre muchos otros.

  1. Una niña fuerte
    Aunque nací en Villa Francisca Segundo, un sector de La Vega, cuando tenía dos años mis padres se mudaron a Palmarito, otro sector de La Vega donde crecí junto a mis hermanos. Siempre fui una niña fuerte, ágil, me encaramaba en las matas a tumbar frutos, era la que hacía los mandados. Aunque habían varones en la casa, mi papá me decía prende el motor y vete hacer los mandados. Era demasiado activa. Recuerdo que junto a mis amiguitos me levantaba a las 5 de la mañana para recoger los mangos que caían de las matas de los vecinos. Una vez un perro nos cayó atrás y pasamos tremendo susto. Después de ese día no volví a buscar mangos en los patios ajenos. Soy la número 14 de mis hermanos, mi mamá, María Peralta de Hernández, tuvo 19 hijos, siete murieron pequeños y 6 fueron abortos o contratiempo como decían en el campo. Soy la tercera entre los más chiquitos que quedamos vivos, 4 hembras y dos varones: Martha María, Santiago, María Isabel, Ramón Esteban y Guadalupe Hernández Peralta. Crecimos muy unidos, Martha, mi hermana mayor ayudó a mi mamá a criarnos, porque siempre estaba embarazada”.
  2. Buena crianza
    Mi papá, Ramón María Hernández era un hombre de carácter muy fuerte, no le gustaba que saliéramos a jugar, pero cuando salía a vender sus quipes y empanadas salíamos. Cuando del barrio lo alcanzaban a ver nos voceaban ahí viene Donato, entonces corríamos para la casa. A pesar de su carácter fuerte, papá era un hombre muy religioso, a las cinco de la mañana y a las seis de la tarde hacía el rosario, era muy devoto de Jesús Sacramentado y de la Virgen María. Desde niños, nos inculcó a tener temor de Dios, a no hacer cosas que no sean de su agrado. Bajo nuestra pobreza, nos dio muy buena crianza, nos enseñó a que debíamos estudiar, aunque no podía comprarnos los libros. Cuando no hacíamos las clases nos castigaba, aunque era una persona bruta de carácter, nos daba clases en una pizarra, cuando entrábamos a la escuela ya sabíamos leer, escribir, sumar y restar. Con su poca cultura y siendo una persona de campo supo educarnos y nos hizo personas de bien. Papá murió a los 72 años, pero nosotros seguimos su perfil para criar a nuestros hijos”.
  3. Situación de pobreza
    Mi papá vendía empañadas y quipes, vivíamos en una casa pequeña. Recuerdo que odiaba los viernes, ese día llegaban 5 quintales de yuca que había que quitarles las cascaras y sacarle todo ese lodo. Salíamos prietos cuando terminábamos. Luego, papá la guayaba con un guayo eléctrico, los residuos de yuca llegaban hasta el zinc, él salía blanquito y a veces se guayaba los dedos. Era frustrante ver ese trabajo, los chicos del barrio nos decían que hedíamos a quipe. Papá los vendía los quipes y empanadas en los recreos del Liceo Pepe Álvarez, se levantaba muy temprano para poder llegar a tiempo, luego volvía a la casa a seguir friendo para el recreo de la tarde. Después de que terminaban de vender era que mamá empezaba a cocinar, casi siempre me iba al liceo sin comer y también a practicar, a veces me bebía un cacheo que vendía un señor. En mi casa compraban mucha carne para hacer los quipes y empanadas, mami las molía y con esa sustancia nos hacía tremenda sopa. Pasábamos mucha hambre, no sé de dónde tenía tantas fuerzas para competir”.
  4. Primeras competencias
    En La Vega competí con varias chicas y ganaba mis combates, ya era cinturón amarillo, mis entrenadores eran Porfirio Taveras y Panchito de la Mota. Como el maestro Mamoru Matsunaga vio mi potencial, me dieron el cinturón azul. Luego me llamaron para formar parte de la preselección, fuimos a competir a Puerto Rico, Venezuela, Cuba y España, en este último país era un torneo grande, todas las chicas cinturón marrón, yo tenía como 19 años. Cuando competimos en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, el torneo era para cinturones negros, Evelyn, Ada y yo éramos cinturones más altos, a mi me otorgaron el negro porque mi yudo era muy bueno. En esos países quedamos en primer lugar, solo en España quedé en segundo, pero ese torneo fue muy importante para mí porque ahí me desarrollé en lo que es deporte de yudo. Cuando regresamos al país me seleccionaron para los Juegos Centroamericanos y del Caribe, gané la primera medalla de oro, fui la primera mujer en obtener una presea en unos juegos. Me tocó pelear con una cubana, todos los puntos los ejecuté para ganarle, llegando a inmovilizarla bajo una técnica de suelo. Los cubanos me felicitaron y me dieron un regalo por mi pelea, además le dijeron al entonces presidente de la Federación Jaime Casanova que dónde era que tenía esa joyita guardada, y él le contestó que esa era la sorpresa que les tenía”.
  5. Juegos Panamericanos
    En los Juegos Panamericanos, Indianápolis 87 competí en mi categoría 66 kilos, porque para Centroamericanos me subieron de condición para que pudiera competir, tenía que tener 72 kilos, entonces tuve que ponerme piedras y varias ropas para poder alcanzarla. En esa competencia nos juntamos de nuevo la cubana y yo, cuando nos tocó la hora de competir, recuerdo que su novio me dijo que ella no me había ganado porque no conocían mi tren de pelea, pero que ya sí y que ella ganaría, pero me quedé callada. Cuando entramos al combate le volvía a ganar, a pesar de que estaba enferma con neumonía y había vomitado antes de la competencia, me sentía débil, pero aun así saqué fuerzas y le volvía a ganar a la cubana”.
  6. Grandes amigas
    Cuando iba a participar en los Juegos Olímpicos en Seúl 88, nos llevaron a la Villa Olímpica que quedaba por Las Américas para prepararnos. Recuerdo que íbamos a comer sándwiches donde El Chulo, un señor que tenía un pequeño negocio. Como siempre fui una chica viva, le hablaba a las cocineras y ellas me daban mi concón con salsa de carne, me hice amiga de esas mujeres, ellas me querían muchísimo. Los varones se hicieron más amigos de El Chulo para que les diera más sándwiches. Muchas veces teníamos que salir a corriendo a las cuatro y pico de la mañana de la Villa Olímpica para llegar al Centro Olímpico o al Club Naco para entrenar, porque a veces no había transporte que nos fuera a buscar. Ese año reprobé en la escuela, no podía practicar y estudiar al mismo tiempo, apenas tenía tiempo para descansar. En ese tiempo, nuestro entrenador era Juan Chalas, él era muy estricto con su práctica”.
  7. Decepción
    Para los juegos en Seúl 88, estaba ranqueada junto a un boxeador que no recuerdo su nombre. De un momento a otro me dijeron que no iba para la competencia, que asistiría una persona por mí, en ese instante no entendí y todavía sigo sin entender. Como buena yudoca y disciplinada no discutí y acepté lo que me dijeron, pero tampoco pregunté el porqué de esa decisión, la única explicación que me dieron fue que el judo femenino iba como exhibición. Si hubiera ido a esos juegos obtengo una medalla, aunque fuera en segundo o tercer lugar porque estaba bien preparada para eso. Eso me desanimó mucho, me fui desencantando y vi la oportunidad de irme del país a ver si podía ayudar a mis padres que bastante pobres que éramos y la situación era muy precaria en la familia. Como ya había ido a los Estados Unidos, fui a renovar mi visa y me fui a vivir a ese país”.
  8. Su primer anillo
    Antes de entrar al Pabellón de la Fama del Deporte Dominicano fui exaltada en el Pabellón de la Fama de La Vega. Ahí reconocieron mis méritos y me dieron mi primer anillo, pero uno de mis hijos me lo tomó prestado y lo perdió. Luego, en 2011 fui exaltada al Pabellón de la Fama de Yudo Panamericano en Chile, me hicieron un reconocimiento, pero todavía estoy esperando que me entreguen el anillo. La persona sabe de quién hablo, ojalá que a partir de esta entrevista me lo entreguen. También, me exaltaron al Salón de la Fama de las Artes Marciales, fue la primera exaltación junto a mis dos grandes maestros Mamoro Matsunaga y Chalas, fuimos los que hicimos primicias en esas artes. En 2014 me exaltaron al Salón de la Fama del Yudo”.
  9. Llegada a sus primeros hijos
    En los Estados Unidos me encontré con Luis Hipólito Madera, un vecino del barrio con quien después de un tiempo tuvimos una relación de casi siete años, de la cual nacieron mis dos primeros hijos Jeffrey y Christopher. Recuerdo que cuando salí embarazada de mi primer hijo pensábamos que el mundo se nos iba a derrumbar, él sin papeles y yo con una visa de paseo casi vencida. En Estados Unidos traté de practicar judo, asistí a combates y gané todas las peleas, un entrenador cubano quería que me quedara, pero allá uno mismo tenía que costearse sus gastos y competencias, y teníamos muy pocos recursos. La visa se me venció, la cosa se nos tornó difícil, pero con la ayuda de mi cuñado Máximo Corcino empezamos un negocio. Pero por cosas de la vida mi pareja y yo tuvimos un pequeño desacuerdo, además presenté problema con mi residencia, sentía que no tenía vida, me sentía vacía, mi tierra me aclamaba, quería retomar mi nombre, volver a ser Andrea Hernández y decidí regresar a mi familia”.
  10. Llegada a RD
    Llegué a mi país con un sueño destrozado en mis manos, pero con mis dos amados hijos de cinco y un año, estaba en la casa de mis padres esperando que mis trastes llegaran, pero ya tenía mi casa. Lo conseguí porque cuando llegué al país logré participar en los Juegos Centroamericanos de Indianápolis, le prometí al entonces presidente Joaquín Balaguer que iba a coger medalla, aunque fuera de cáscara de plátano, pero que quería el apartamento que me habían ofrecido en el gobierno de Salvador Jorge Blanco. Le hice ese comentario al oído cuando me estaba entregando la Bandera. En esos juegos cogí plata y logré que me entregaran mi apartamento. Después hubo un evento en Palmarito y le hablé al entonces director de Deportes para que me repusieran en mi trabajo como monitora en yudo que me había asignado Jorge Blanco, entonces volví a practicar, a veces tenía que llevarme a mis hijos, y después de casi 10 años de retirada volvía a ser parte de la selección nacional. Fui a competir en los Juegos Centroamericanos y del Caribe Maracaibo 98, obtuve medalla de plata y gracias a Dios volví a retomar mis méritos, a dar a conocer mi nombre, aunque era un judo diferente, habían cambiado muchas reglas, pero me metí y logré llegar”.

Nueva oportunidad

En el 86 mi papá enfermó de un cáncer en la garganta, duré más de un año llevándolo a terapia y tuve que retirarme de nuevo del judo. Cuando quise regresar, me dijeron que ya no podía, me cerraron las puertas cuando más lo necesitaba, entonces me puse a estudiar.

El entonces director regional Fausto Mota, a quien agradecerá eternamente me impulsó a estudiar para nombrarme como profesora de Educación Física en el Liceo Don Pepe Álvarez. Me fajé a estudiar, atendía a mis hijos, iba a la universidad en Santiago de lunes a viernes. Me gradué de Técnica en Educación Física y entre a trabajar al liceo por más de 17 años. Ahí conocí a mi segunda pareja Quilvio de Jesús Sarete González, con quien tengo dos hermosos hijos, Walfry y Melanie Yireth Sarete Hernández. Ahora estoy de ama de casa y atendiendo a mi viejita de 92 que está enferma y también a mi nieta hermosa, Ámbar Sofía que es hija de mi hijo Jeffrey”.

Creyente
“A pesar de su carácter fuerte, mi papá era un hombre muy religioso, a las cinco de la mañana y a las seis de la tarde hacía el rosario. Era muy devoto de Jesús Sacramentado y de la Virgen María”.

Sacrificio
Muchas veces teníamos que salir corriendo de la Villa Olímpica a las cuatro de la mañana para ir a entrenar al Centro Olímpico o al Club Naco, porque no había transporte que nos fuera a buscar”.

Conquista
En La Vega competí con varias chicas y ganaba mis combates, ya era cinturón amarillo, mis entrenadores eran Porfirio Taveras y Panchito de la Mota”.

Logro
Cuando competí en los Centroamericanos y del Caribe, gané medalla de oro. Fui la primera mujer en obtener una medalla en unos juegos”.

Astucia
Para competir en los Juegos Centroamericanos tenía que tener 72 kilos, entonces tuve que ponerme piedras y varias ropas para alcanzar esa categoría”.

Astucia
Para competir en los Juegos Centroamericanos tenía que tener 72 kilos, entonces tuve que ponerme piedras y varias ropas para alcanzar esa categoría”.

María E. Pérez
EL CARIBE

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